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Arrimar el hombro

El Rey, dotado siempre de una borbónica intuición que facilita sus funciones constitucionales –el arbitraje y la moderación de las instituciones, nada desdeñables-, ha acertado también con sus escuetas palabras durante la recepción de la fiesta nacional: “Hay que aguantar el tirón”, dijo, antes de recomendar “la unidad de todos para salir adelante” y “ponerse de acuerdo y empezar a trabajar” para hacer frente a la crisis financiera.

Esa necesidad de arrimar el hombro ante la coyuntura excepcional por la que atravesamos, que nos acomete desde fuera y de la que difícilmente se pueden exigir responsabilidades concretas aquí dentro, ya se ha manifestado tácitamente mediante diversos gestos. Varias reflexiones periodísticas sobre el 12 de octubre han destacado que, al contrario de lo que ocurrió en años anteriores,  la crispación ha desaparecido de la escena política –los líderes aprovechaban esta fecha para alardear de patriotismo y desacreditar al adversario- y ni siquiera el garrafal desliz de Rajoy con sus comentarios a micrófono abierto ha sido explotado políticamente. 

En el mismo orden de ideas, es patente que ha remitido la perentoriedad con que las fuerzas políticas catalanas han exigido la negociación y puesta en marcha del nuevo sistema de financiación autonómica, conscientes todos de que éste no es el momento de reclamar un incremento exorbitante de recursos, por lo que ya se da por hecho que el plan que se acuerde habrá de ser implementado poco a poco, a medida que la situación lo permita.

Asimismo, hoy es impensable que las cuentas públicas, que recogen ya sustanciales recortes del gasto y acercan el planeamiento presupuestario del Estado a la negra realidad macroeconómica, no sean aprobadas en el Parlamento. Con seguridad, la negociación que esta semana ha emprendido el Gobierno y que ha de fructificar antes de que concluya el viernes el plazo de presentación de enmiendas a la totalidad rendirá frutos. Ni siquiera puede descartarse que CiU brinde su apoyo a una causa que a todos nos conviene.

Mañana, con gran retraso, se celebrará la reunión Zapatero-Rajoy, que representará la participación institucional del PP en la solución de la crisis. Inexplicablemente, Rajoy –quien dice controlar los tiempos- provocó el aplazamiento de esa entrevista por el procedimiento de exigir previos contactos técnicos entre Solbes y Montoro. Parece claro que el encuentro llega tarde, cuando las diversas instancias internacionales han adoptado ya todas las medidas de emergencia, cuando el Gobierno las ha interiorizado en el consejo de ministros de hoy y cuando los Presupuestos españoles son prácticamente irrevocables. Hasta ahora, la voz cantante de la oposición en el terreno económico la ha llevado Montoro, y el ex ministro de Aznar no ha conseguido hacerse entender: su argumentación, a contracorriente de la evidencia, ha sido contradictoria y desconcertante. La verdad es que el Gobierno ha estado muy activo en la adopción de medidas que tienen el refrendo comunitario y van en la línea marcada por la propia comunidad internacional. Y puesto que la materia más escasa en esta hora es la confianza, un elemento subjetivo y frágil, el deber primordial de Zapatero y de Rajoy es el de tratar de infundirla, por lo que el encuentro entre ambos no debería desembocar en un catálogo de discrepancias concretas sino en una declaración conjunta estimulante de invitación a todos a arrimar el hombro y a “aguantar el tirón” solidariamente. A veces la grandeza es mucho más rentable políticamente que la corrosión.

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