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‘Txeroki’ y Euskadi

La detención de Garikoitz Aspiazu Rubina, “Txeroki”, supuesto jefe de los comandos etarras, probable cabecilla del llamado ‘aparato militar’, autor de horrendos crímenes –desde el atentado que costó la vida al juez Lidón en 2001 al de los dos guardias civiles en Capbreton a finales del 2007, pasando por el intento de asesinato que mutiló al joven socialista Eduardo Madina- y principal enemigo del fallido ‘proceso de paz’, al que apuntilló con el atentado contra la T-4, representa un paso decisivo en la desarticulación de ETA, no tanto porque la organización terrorista no sea capaz de sustituir al dirigente caído, que lo es, cuanto porque, como ha pronosticado reiteradamente el ministro Rubalcaba en los últimos tiempos, cada vez es más rápida la detención de los responsables de ETA, minada internamente, cercada policialmente, detestada internacionalmente, agobiada por la creciente falta de respaldo social.

El deterioro material creciente de ETA cuando la organización no ha sido capaz de sacudirse la animadversión y el descrédito que ha representado para ella el rechazo absurdo de la oportunidad de una salida relativamente honrosa que le brindó el Gobierno de Rodríguez Zapatero coincide además con algunos movimientos y con determinadas expectativas que pueden resultar decisivos en la apertura de horizontes del País Vasco, comunidad que se dispone a encarar unas trascendentes elecciones autonómicas en la primavera de 2009.

En efecto, la resurrección de la amenaza etarra tras la ‘tregua’, que ha sumido a la sociedad vasca en una reiterativa e indignada desazón, así como las utópicas, inviables y pertinaces propuestas soberanistas del lehendakari Ibarretxe, que han tropezado con el ordenamiento jurídico y han terminado de hastiar a la opinión pública vasca, han provocado un retroceso del apoyo electoral al PNV, que se advierte en las encuestas y que se hizo patente en las pasadas elecciones generales. Y mientras el PSE-PSOE parece afirmarse como una válida opción alternativa capaz de provocar la alternancia –probablemente con el apoyo a posteriori del Partido Popular-, el mundo nacionalista efectúa algunos movimientos significativos: la izquierda radical, desorientada y dividida tras el regreso de ETA a la violencia, ha desistido ya del imposible empeño de lanzar una ‘marca blanca’ capaz de sortear fraudulentamente la ley de Partidos, y al propio tiempo Eusko Alkartasuna, dispuesta a enfatizar su condición independentista, ha roto la coalición con el PNV para capitalizar esta situación. Así las cosas, si EA –una formación impecablemente democrática y opuesta a cualquier clase de violencia- consigue encarnar la representación del independentismo democrático vasco, el aislamiento de ETA, sin representación alguna en el Parlamento de Euskadi, podría terminar siendo insoportable para los terroristas y sus amigos.

Naturalmente, estos movimientos adquirirían completa entidad e infundirían nuevas y gratas expectativas a Euskadi si las elecciones autonómicas vascas consagrasen efectivamente la alternancia. Porque con independencia de preferencias ideológicas, es claro que tras más de veinticinco años de hegemonía nacionalista, que ha generado clientelismos y monopolios de toda índole, el cambio político se ha convertido en el País Vasco en una cuestión de verdadera salubridad pública. La democracia se agosta si no se renueva, y hoy se dan en Euskadi todas las condiciones para que la sociedad pueda poner verdaderamente en tensión su libertad de elegir, ya sin presiones insuperables, sin miedos exorbitantes, sin inercias potentes que se opongan al cambio.

 

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