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Vacilante Europa

Europa ha llegado al fondo de la gran crisis económica y financiera en estado de grave postración. La paralización del Tratado de Lisboa por el ‘no’ irlandés en el pasado referéndum ha abortado las reformas que debían dar cierta coherencia interna a una inmanejable Unión a Veintisiete que todavía se rige con las pautas anteriores a la gran ampliación.

Finalmente, Irlanda ha aceptado celebrar un nuevo referéndum antes de que transcurra un año pero, por desgracia, se le han hecho una serie de concesiones que lesionan seriamente el proyecto de reforma: de entrada, se mantendrá un comisario por país, lo que supone renunciar a uno de los logros de la cumbre de Niza del 2000 en la que se acordaron los principales avances organizativos (en Lisboa quedó pactado que habría un número de comisarios igual a los dos tercios de los países miembros, es decir ,18 en la actualidad); se pretendió entonces hacer más operativa y dinámica la Comisión y sobre todo poner fin a la impresión de que cada comisario, más que defender los intereses europeos, es el representante nacional de su Estado de procedencia. Además, se ha garantizado a los irlandeses algunos privilegios que amenazan otros aspectos de la integración: no quedará afectada su proverbial neutralidad, ni se le impondrá una armonización fiscal (podrá mantener su reducidísimo impuesto de sociedades, con el que a juicio de muchos realiza competencia desleal a otros países), ni, por supuesto, se le obligará a realizar determinadas reformas en la regulación del aborto que chocarían con sus convicciones ultracatólicas.

Esta desagregación explica la falta de ímpetu con que Europa reacciona ante la crisis, al contrario de lo que ya han conseguido los Estados Unidos a pesar de hallarse en medio de una delicada transición. En esta ocasión, la pusilanimidad llega desde Alemania, país en que los desarbolados socialdemócratas y la remisa cristianodemócrata Merkel han llegado a un completo acuerdo sobre la necesidad de mantener a toda costa la ortodoxia, es decir, de no recurrir al déficit para reactivar la economía. El ministro alemán de Finanzas, el socialdemócrata Peer Steinbrück, ha criticado que otros países “tiren miles de millones” en planes de reactivación económica poco meditados en “un grosero giro al keynesianismo”. Alemania, aislada por la pinza que ante la emergencia económica han establecido Sarkozy y Brown, ha criticado además muy agriamente la decisión británica de reducir el tipo máximo de IVA en el Reino Unido (del 17,5% al 15%), lo que representa un impulso fiscal de unos 17.000 millones de euros en ese país.

En definitiva, los expertos piensan que el plan europeo, que movilizará el 1,5% del PIB de los Veintisiete (unos 200.000 millones de euros, 170.000 por los Estados miembros y unos 30.000 por la Comisión) no resultará suficiente si no cuenta con el ímpetu inversor de Alemania, que sigue siendo obviamente la locomotora de Europa. Podría darse la paradoja de que, puesto que Alemania es el principal exportador de la Unión, fueran sus socios quienes pagaran indirectamente la reactivación alemana.

La manifiesta ruptura del eje franco alemán, sustituido por un acercamiento París-Londres, es en esta ocasión una mala noticia. La locomotora alemana fue pieza clave en la construcción de la actual Unión Europea y en el fuerte desarrollo de las últimas décadas que tanto ha beneficiado a España. De ahí que el autismo alemán en esta hora sea un pésimo presagio para quienes confiamos aún en la capacidad de las instituciones comunes para ponerse al frente de la reactivación.

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