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Oportunidad para Euskadi

A medida que se espacian en el tiempo los atentados de ETA y desaparece por tanto la sensación de estar en presencia de una tragedia rutinaria, los crímenes adquieren una patológica solemnidad que acrecienta, si cabe, la conmoción de las conciencias.  Y así, el asesinato de Ignacio Uría en Azpeitia a manos de ETA y ante la impasibilidad de Acción Nacionalista Vasca (ANV), que no ha condenado la atrocidad, ha generado una colosal respuesta de la opinión pública, que exige que esta fuerza ilegalizada, marca blanca de Batasuna, abandone el poder allá donde lo detenta. De momento, y según acaba de anunciarse, ANV perderá el ayuntamiento de Azpeitia al haberle retirado su apoyo Eusko Alkartasuna y Aralar, y el Gobierno del Estado busca indicios de colaboración con ETA en los Ayuntamientos en que ANV gobierna con mayoría absoluta para instar  su disolución por la vía del artículo 61 de la ley de Bases de Régimen Local, reformada por última vez en 2003.

En definitiva, la brutalidad de ETA, que ha pretendido justificar este crimen con el argumento ecologista de su oposición a la “Y” del AVE vasco, ha provocado el distanciamiento entre Eusko Alkartasuna y la izquierda abertzale, frustrándose así el intento de la formación fundada por Garaikoetxea de crear una plataforma electoral que agrupara al independentismo no violento con vistas a las elecciones autonómicas de la próxima primavera. Como es conocido, EA ha decidido no formar más alianzas electorales con el Partido Nacionalista Vasco.

Las últimas encuestas –tanto las del Euskobarómetro como las del Ejecutivo Vasco- confirman el desgaste del PNV, ininterrumpidamente en el poder desde la formación de la autonomía, como ya se vio en las últimas elecciones generales del pasado marzo (perdió casi 120.000 votos y se quedó con poco más de 300.000, lo que le reportó un escaño menos en el Congreso de los Diputados), en las que se produjo un ascenso relevante del PSE-PSOE. En estas circunstancias,  dando por supuesto  que la izquierda radical excluida en virtud de la ley de Partidos no conseguirá presentar candidatura alguna, cobra verosimilitud la posibilidad de que el País Vasco cuente al fin con un lehendakari no nacionalista. 

Muchos pensamos que, como ocurría en Cataluña en 2003, la alternancia en Euskadi es un asunto de verdadera salubridad pública ya que un período tan largo de poder en las mismas manos ha tenido que engendrar forzosamente un cúmulo de relaciones clientelares tanto en la política como en la sociedad que desvirtúan el modelo democrático. La separación entre los centros de poder político y los grupos de presión económica y social tan sólo es verdaderamente posible allá donde existe un pluralismo real que genera oscilaciones en la titularidad de los gobiernos cada cierto período de tiempo. Y estas afirmaciones adquieren aún más rotundidad cuando las fuerzas que han monopolizado el poder durante décadas son nacionalistas: el nacionalismo, por definición, tiende a convertirse en “más que un partido”, en una especie de movimiento nacional que trasciende de la simple racionalidad democrática y se convierte en un fenómeno místico y cuasi religioso.

 A los nacionalistas no hay que excluirlos, ni mucho menos que “colgarlos” como quiere Fraga, pero sí hay que confrontarlos vigorosamente con otras opciones. Euskadi tiene ahora una magnífica oportunidad. Ojalá los vascos la aprovechen. 

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