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El PCE se impone en IU

Después de los desastrosos resultados de Izquierda Unida en las últimas elecciones –960.000 votos, 3,8% de los emitidos, 300.000 menos que en 2004- que dejaron reducida la representación parlamentaria de a coalición en el Congreso a dos escaños, el de Gaspar Llamazares y el del catalán Joan Herrera de IC, esta formación política que teóricamente representa a la izquierda del PSOE ha elegido como nuevo coordinador general a un comunista, Cayo Lara, que, pese a su fama de moderado, ha urgido en su primera intervención pública a los sindicatos a plantearse una huelga general.

Tras la débacle de la etapa dirigida por Llamazares, a causa evidentemente de la excesiva cercanía de la coalición al PSOE, lo que acentuó el efecto del voto útil, era lógico que los cada vez más exiguos cuadros de esta formación optaran por el endurecimiento de las posiciones y por la elección de un comunista capaz de intentar una resurrección como la que logró en su momento Julio Anguita, aun a costa de instaurar una paradójica “pinza” que terminó favoreciendo objetivamente a la derecha. Sin embargo, Cayo Lara, el nuevo coordinador general de IU, no tiene evidentemente el carisma de Anguita, y es además muy dudoso que la madura sociedad de este país acepte acríticamente la tesis de que es bueno para el pluralismo mantener una fuerza potente a la izquierda del PSOE, que es el representante genuino del centro-izquierda.

Sobre esto último, no es demagógico resaltar con sincera sorpresa que los mismos que postulan la conveniencia de que IU estimule y condicione al PSOE desde posturas rotundas de izquierdas son los que con más énfasis criticarían la existencia de una fuerza a la derecha del PP que radicalizase a este partido. Pero al margen de estas inquietante asimetrías, procede seguramente manifestar el más descarnado escepticismo sobre el recibimiento que encontrará en la opinión pública este retorno del gran anacronismo comunista. 

Conviene recordar que Izquierda Unida fue fundada en 1986 para salir al paso de la irremisible decadencia de los partidos comunistas de Europa Occidental, que ya había dado lugar al edulcorado “eurocomunismo” y que resultó imparable tras la caída del Muro de Berlín en 1989, entierro inapelable del totalitarismo colectivista. El viejo PCE se resistió a renunciar a sus siglas pero las embozó en las de una coalición que le otorgaba renovada imagen. Tanto fue así que tras la retirada de Gerardo Iglesias, el comunista Anguita, aunque sectario y radical, siguió tremolando el estandarte de IU. Llamazares, por su parte, fue consciente de que el marxismo-leninismo ya no era siquiera una reliquia pero no acertó en la conquista de un espacio radical y no utópico, más exigente que complaciente con el socialismo. 

Es muy probable que este espacio no exista verdaderamente, o que quienes se ubican en él no sean lo bastante numerosos para conseguir una representación parlamentaria significativa. Y que nadie pierda su tiempo criticando por antidemocrático a un sistema electoral como el nuestro por el hecho de que casi un millón de votos sólo le proporcione a IU dos diputados: si en lugar de un sistema proporcional corregido tuviéramos aquí un modelo mayoritario como el británico, por ejemplo, ese millón no le reportaría ni un solo parlamentario. Y sería un exceso asegurar por ello que el Reino Unido no es una democracia.

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