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La ausencia de Rajoy

El cambio de rumbo que Mariano Rajoy impuso a su partido en el Congreso de Valencia, que reafirmó provisionalmente su liderazgo tras la derrota de su partido en las pasadas elecciones generales, cambió por completo el panorama político de este país. De la ‘legislatura de la crispación’, insoportablemente enrarecida, se pasó a otro escenario en que ya son posibles los consensos y los debates sosegados y constructivos. Escenario por lo demás muy pertinente en tiempos de severa recesión económica en los que, como ha manifestado el Rey en su mensaje de Nochebuena, conviene que todos rememos en la misma dirección.

Sin embargo, esta mudanza del principal partido de la oposición, que sin duda agradece la opinión pública, muy castigada por la patológica efervescencia del cuatrienio anterior, requería y requiere una presencia activa y creativa del principal partido de la oposición. Si en la anterior legislatura le bastaba a Rajoy con dejarse arrastrar por la crítica acerba y sistemática que los agentes mediáticos realizaban al Gobierno con razón o sin ella –eran los tiempos de la teoría de la conspiración y de la denuncia de una solapada connivencia del Ejecutivo con ETA-, ahora la dialéctica política requiere una actividad visible de los dos principales antagonistas, de forma que el Parlamento sea la residencia de los problemas y el foro donde se debate el rumbo colectivo. Sin embargo, Rajoy está espectacularmente ausente y la política ha adquirido por ello una preocupante asimetría.

En lo tocante a la crisis económica y a sus soluciones, es patente que las grandes decisiones que deben adoptarse son bastante obvias y que la oposición debe apoyar al Gobierno en las medidas encaminadas a estimular la actividad y a combatir en lo posible el desempleo. En cualquier caso, hubiera sido pertinente quizá forzar debates técnicos más intensos para asegurar la calidad de las decisiones y mostrar a la opinión pública una senda de esperanza, de luz al final del túnel.

Pero en el otro gran asunto de estos días, la reforma de la financiación autonómica que deberá cerrar el proceso, aún inacabado, de reforma del Estado de las Autonomías, tampoco aparece Rajoy por parte alguna. Los principales barones del Partido Popular, Aguirre y  Camps, han entendido la trascendencia del asunto y se han prestado gustosamente a alentar el consenso en marcha. Y su formación política se ha limitado a criticar el proceso y a lamentar la descoordinación que reflejan tales iniciativas aisladas. Se podrá decir que Zapatero ha actuado maliciosamente al convocar a los presidentes regionales y no a Rajoy para cerrar el gran acuerdo pero es obvio que el presidente del Gobierno no tiene la culpa de que el presidente del PP no pueda imponer su criterio a sus conmilitones ni exigir una actuación unitaria y jerárquicamente ordenada. El hecho de que ayer, día en que Zapatero hizo un prolijo resumen público del año que concluye y de las expectativas de futuro, Rajoy interviniera brevemente antes y no después de la comparecencia gubernamental revela la dejación de su tarea que hace el sucesor de Aznar.

Todo indica que Rajoy fía su futuro al buen resultado del PP en las europeas de junio, y se equivoca. Aunque las gane, seguirá siendo evidente que el líder del PP tiene un problema de auctoritas, no de oportunidad. 

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