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El G-20 en Londres

Cuando el pasado 15 de noviembre, con Bush todavía en la presidencia norteamericana, se reunió en Washington el G-20, más España y algún otro país, la situación de la economía global era crítica pero todavía no se había extendido el grave pesimismo que hoy embarga a la comunidad internacional. Desde aquella fecha, la recesión se ha generalizado en todo el mundo desarrollado y en las principales economías emergentes, y el horizonte de la recuperación continúa alejándose en el tiempo. De ahí lo sorprendente de que no se haya anticipado la siguiente reunión que, como se previó entonces, tendrá lugar el próximo 2 de abril en Londres. Es innecesario decir que esta cita tiene una gran importancia, toda vez que hay pleno consenso sobre la evidencia de que frente a una crisis global sólo resultarán efectivas soluciones también globales.

En la convocatoria de la cumbre de Londres efectuada por su anfitrión, Gordon Brown, se marcan los principales aspectos de la ambiciosa ‘hoja de ruta’ que habrá que desarrollar. Además de “revisar la ejecución de los principios y decisiones acordadas” en Washington, la propuesta fija varias iniciativas para llegar a una acción coordinada destinada a “restaurar la estabilidad y establecer las bases de una recuperación sostenible”; en concreto, se sugiere examinar el impacto real de las medidas adoptadas para incrementar la demanda global –desde el “plan Obama” hasta los diversos planes nacionales como el “Plan E” español-, que de momento no han rendido frutos apreciables.

Además, Brown propone la toma de otras decisiones: renuncia expresa de todos los países a utilizar el proteccionismo y adopción de medidas que garanticen la financiación de comercio; reforma de las instituciones reguladoras de los mercados financieros; refuerzo del FMI, que habría de ocuparse de crear un sistema de “alerta temprana de la crisis”; nuevo impulso político para tratar de concluir la cumbre de Doha sobre comercio internacional; más estrecha cooperación macroeconómica para restaurar el crecimiento y proteger los empleos, evitar contagios negativos y apoyar los mercados de los países emergentes y países en desarrollo.

Tan relevante como la cumbre de Londres será la que ha convocado Merkel en Berlín el próximo domingo para promover “una posición común” de la Unión Europea. A esta reunión asistirán sólo los países europeos del G-20, más España y los Países Bajos. La relación intraeuropea es vital porque no resulta concebible que los países comunitarios puedan salir aisladamente de la recesión. Y para que Alemania vuelva a ser “motor” de Europa y recupere su potencia exportadora, es preciso que sus grandes clientes se repongan de la crisis.

Es muy positivo que España esté de oficio en estas cumbres (es previsible, además, que en la cumbre de Londres Rodríguez Zapatero pueda mantener el primer contacto bilateral con Obama, probable comienzo de un cambio en la relación España-USA). Pero no deberíamos perder un minuto del análisis en estas cuestiones coyunturales: la convicción de que la crisis global sólo admite soluciones globales ha de bastar para estimular una cooperación intensa, real y nada retórica, entre las grandes economías. Una cooperación que debe buscar frutos tangibles en el refuerzo de los mercados financieros y en la recuperación de la actividad, y que asimismo ha de generar confianza en la opinión pública internacional. Sin ella, no regresará el necesario dinamismo a los agentes económicos.

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