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Trillo

Produce una sensación ingrata el espectáculo penoso de unos mandos militares que explican atribuladamente ante el tribunal que los juzga cómo trajeron precipitadamente a España los despojos de las 62 víctimas del Yak-42, treinta de ellas sin identificar, para que su ministro pudiera celebrar a tiempo los funerales de Estado. Y cómo súbitamente la incertidumbre cesó, hasta que las familias de los desaparecidos descubrieron el colosal engaño.

Pero aún es más ingrato el hecho de que, en tanto estos dignos profesionales dan la cara, quien tuvo toda la responsabilidad política por el gran y luctuoso desaguisado se mantiene al margen del escándalo. Y aún da lecciones teóricas ocasionales de ética pública a quien quiera escucharle.

Es difícil aclarar quién yerra, si la Justicia que no alcanza o si un modelo de equilibrio de poderes que engendra impunidad. Pero lo seguro es que ni la condena ni la absolución de estos militares que están siendo juzgados –cabezas de turco, y nunca mejor dicho- resarcirá a las víctimas y hará Justicia. Este dramático error tiene otros padres, que no están precisamente sentados en el banquillo.

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