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La recesión y nosotros

El impulso de la comunidad internacional, liderada atinadamente por Obama y los principales dirigentes europeos, permite augurar ya un horizonte esperanzador para la crisis que nos agobia. El encuentro del G-20 en Londres ha servido para movilizar nuevos caudales de recursos –casi un billón de euros- que remediarán el colapso del crédito en los países en desarrollo a través del FMI y del BM; para reformar profundamente el sistema financiero y dotarlo de controles más rigurosos que afectarán a la solvencia y supondrán la desaparición de los paraísos fiscales y del secreto bancario; y para extender por tanto una manto de confianza sobre la economía mundial, una vez constatada la capacidad de acuerdo de todos los actores y la capacidad de liderazgo de los Estados Unidos, causantes de la crisis y también protagonistas de la decisiva respuesta contra ella. La creación de un Consejo de Estabilidad Financiera, con funciones y estructura todavía sin determinar, marcará sin duda una nueva era en la globalización.

Esta mayor confianza se irá traduciendo sin duda en un paulatino incremento de la demanda mundial, del crédito internacional y de los flujos comerciales que beneficiarán en tiempo real a nuestra interconectada economía. Ha sido ilustrativo comprobar, por ejemplo, cómo unas ayudas al sector del automóvil en Centroeuropa han repercutido inmediatamente en las cadenas de producción españolas…  La movilización de la economía mundial nos arrastrará, pues, en cuanto se produzca, pero conviene que seamos realistas, graduemos la euforia y nos  centremos en resolver nuestros problemas autóctonos.

En nuestro país, la recesión no se debe exclusivamente a la crisis de demanda que ha obligado a producir por debajo de nuestra capacidad teórica. El pinchazo de la burbuja inmobiliaria, que es irreversible, ha supuesto la destrucción de gran parte de la capacidad productiva de un sector intensivo en mano de obra, cuya recuperación a medio plazo nunca alcanzará los niveles anteriores. Si el inmobiliario representaba hasta 2007 el 14% del empleo y el 10% del PIB, a partir de ahora sólo representará porcentajes mucho más modestos, por lo que la economía española deberá buscar otros nichos de actividad y de empleo, lo suficientemente competitivos para que se abran paso en los mercados.

Dicho en otros términos, con independencia de la lucha global contra la recesión, es necesario que aquí se desarrolle un vasto plan autóctono de expansión de los sectores emergentes. La inversión en educación e I+D, los estímulos empresariales a las actividades en nuevas tecnologías, la impulsión de procesos de reconversión industrial y las grandes reformas estructurales en general son asignaturas pendientes que tendremos que aprobar en los próximos años si realmente queremos avanzar nuevamente, ya con más realismo, hacia una sociedad madura de pleno empleo. Y es precisamente este conjunto de actuaciones el que reclama la unidad de las fuerzas políticas y sociales –los partidos y los agentes económicos- para conseguir el mayor impulso basado en un consenso racional perdurable en el tiempo. 

Nos equivocaríamos pues si creyéramos que con las decisiones del G-20 ya está todo conseguido. Nosotros tenemos que luchar contra las características singulares y preocupantes de nuestra propia recesión. 

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