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Francia

La visita de Sarkozy, activo y brillante presidente de Francia, ha reactivado como es normal la tormentosa pasión existente entre nuestros países, contiguos y distantes, cómplices y rivales, perpetuamente competitivos y cargados de historia. Durante los dos últimos siglos, Francia ha sido para la intelligentzia española el gran referente de la modernidad, de la cultura, del progreso, de la laicidad, del racionalismo. Hoy, la relación está más equilibrada y los vínculos de amistad son más sinceros, si bien España, por su condición periférica con respecto a Europa y apendicular respecto a Francia, mantiene aún en cierto sentido una posición excéntrica frente a París, que nos genera cierta dependencia objetiva.

El problema de ETA ha sido determinante en esta relación durante el último medio siglo, y, curiosamente, el desarrollo de ese combate ha descrito con exactitud la situación del nexo Madrid-París. La España de la Transición tuvo que pelear con Giscard d’Estaing para arrancar la colaboración francesa en la lucha antiterrorista, mientras París nos miraba con escéptica superioridad; con Mitterrand no fueron las cosas mucho mejor, aunque el patriarca socialista mejoró la cooperación. A partir de 1995, cuando España ya era en Europa una ‘potencia media’ y la democracia española se había consolidado a ojos vista, Chirac imprimió un sesgo muy positivo al combate contra ETA. Hoy día, con Sarkozy en El Elíseo, la cooperación es total e incondicional. Se han perdido treinta años pero nunca es tarde si la dicha es buena.

La cooperación antiterrorista, franca y abierta, describe a la perfección unas relaciones diplomáticas sin problemas. Prueba de ello es que la cumbre bilateral propiamente dicha durará apenas un par de horas. Lógicamente, no se hablará de las pequeñas diferencias entre ambos países en materia de política exterior –la distinta posición con respecto a Turquía, por ejemplo- ya que, tras la deriva atlantista de Aznar, estamos ya donde solíamos, junto a París y Bonn en los grandes trazos de nuestra alineación. Y es una lástima que no se aproveche este encuentro, en el que se hace exaltación de la amistad recíproca, para avanzar en los acuerdos de integración territorial entre nuestros dos países que todavía están por definir.

Ante la visita de Sarkozy, apenas la prensa periférica ha recordado que Francia y España están desarrollando con presteza el eje de comunicación atlántico. La “Y” vasca será la articulación central del corredor Algeciras-Sevilla-Madrid-Vitoria-Hendaya-Burdeos-París. Pero muy poco se ha avanzado en el eje mediterráneo, yo no sólo por culpa de Francia: el Estado español ni siquiera se ha planteado el AVE Valencia-Barcelona, elemento fundamental del otro eje Málaga-Murcia-Valencia-Barcelona-Montpellier-Lyon-París, que resultaría decisivo para el desarrollo de la franja mediterránea, extraordinariamente activa. De momento, Francia va muy despacio en el desarrollo del tramo Porbou-Lyon, que se encuentra en fase de información pública. Asimismo, Francia ha paralizado de momento las otras dos vías de penetración: el corredor navarro Pamplona-Foix y el eje central aragonés Zaragoza-Toulouse-París.

El interés en la construcción de estas infraestructuras es desigual, puesto que aunque benefician a los dos países, son particularmente vitales para España, que acentúa con ellas su europeidad política y económica. De aquí que tenga que ser Madrid el que presione para acelerar este anclaje europeo. No deberíamos dejar pasar ni ésta ni ninguna otra oportunidad de hacerlo.

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