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La reconstrucción de América

El pasado miércoles, fecha en que se cumplían los 100 días de Obama en el poder, el presidente norteamericano, en su balance, tras afirmar que lo realizado en este período “está bien pero no es suficiente”, añadió que en estos meses “hemos empezado a reconstruir América”.

Efectivamente, el sucesor de Bush en la Casa Blanca, un representante de las minorías que ha escalado hasta la cima del poder tras un proceso admirable de selección política natural que indica hasta qué punto la democracia americana es capaz de autorregenerarse, ha devuelto la razón y la voluntad a un país arrastrado sectariamente hacia el fanatismo, ha reafirmado la democracia tras unas vacilaciones que hicieron temer una deriva autoritaria y ha devuelto el prestigio y el respeto a la gran potencia que ejerce el liderazgo mundial y que ha sido muy meritoriamente el bastión dcisivo frente a los totalitarismos del siglo pasado.

Es obvio que, por la coyuntura internacional, la empresa más importante que tiene Obama entre sus manos es la lucha contra la recesión mundial, que ha emprendido con la colaboración de un magnífico plantel de profesionales elegidos por sus propios méritos y con una energía que demuestra claridad de ideas y sentido de la oportunidad. Las contundentes medidas para salvar el sistema financiero y relanzar la actividad a todos nos alcanzan, ya que si, como parece, Norteamérica consigue pronto salir del pozo, nos arrastrará a todos hacia la recuperación. En estos designios, Obama ha reconstruido el papel del Estado y ha restaurado una escala de valores, desdeñada por los republicanos,  según la cual la economía debe supeditarse a los principios y, en fin, a la política.

Igualmente relevante ha sido la recuperación del principio de legalidad, alterado por la administración anterior con el pretexto de la lucha antiterrorista. Ni siquiera ante la amenaza de los verdugos el fin justifica los medios. Obama cierra Guantánamo, denuncia a los torturadores, desactiva la “Patriot Act”, restaura las pautas sobre la dignidad humana que habían sido abiertamente violadas.

En materia de política exterior, Obama ha rescatado la doctrina del interés nacional, poniendo fin a la deriva fanática que aisló a Washington en el pasado y lo privó de parte de sus aliados. El eje trasatlántico parece restituido sin sesgos ideológicos, va a cambiar la relación entre América del Norte y Latinoamérica y se atisban de nuevo esperanzas de paz en el Cercano Oriente, sobre todo si Irán no tensa la cuerda hasta más allá de lo razonable.

No es ningún secreto que el influjo norteamericano condiciona los equilibrios y  las ideas de todo el planeta. En este sentido, y aunque infortunadamente hayamos de centrarnos ahora en la lucha material contra la recesión, es estimulante el presagio de que la globalización encontrará, de la mano de Obama y de la vieja Europa, una nueva gobernanza basada en los valores de la libertad y del humanismo occidental. Frente al mesianismo y a la falta de escrúpulos de Bush y sus conmilitones, renace la América de los Padres Fundadores, que funde sus principios con las ideas liberadoras de la Revolución Francesa.

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