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Ibarretxe: puente de plata

Pocas lágrimas se han derramado tras la marcha de Ibarretxe de la política activa. Ni, por supuesto, en los sectores no nacionalistas ni tampoco en la mayoría dominante del PNV, que ha visto con una mezcla de asombro y preocupación cómo el irredentismo de Ibarretxe alentaba en solitario una espiral creciente de despropósitos que se iban estrellando sucesivamente contra el muro de la legalidad constitucional y del sentido común.

Cuando el PNV, de regreso de Lizarra con el rabo entre las piernas, optó por poner a su frente al moderado y sensato Josu Jon Imaz en 2004, aquella elección significaba evidentemente el deseo de los nacionalistas de mitigar el soberanismo, potenciar el autonomismo, recuperar la centralidad e intentar de nuevo las fórmulas transversales de gobierno que tanto agradan a los ciudadanos vascos (como es bien conocido, en todas las encuestas muestran su preferencia por ellas). Sin embargo, el obstinado lehendakari tenía otros planes. Primero fue su descabellado “proyecto de estatuto político”, una intentona autista de secesión al margen de todos los procedimientos democráticos establecidos, que, como era de imaginar, se quedó en nada, y, después, su apuesta por un impracticable plebiscito que tampoco prosperó. Lo cierto fue que Imaz debió optar entre provocar una escisión en su organización o marcharse, y optó prudentemente por esto último. El PNV experimentó una gran pérdida. El también moderado Urkullu tomó el relevo, aunque atado de pies y manos por el discurso fanático del lehendakari, quien se jugó el futuro a cara y cruz: si sus propuestas rupturistas no conseguían llevarlo de nuevo al poder en las pasadas autonómicas, se marcharía a casa. Y ya se ha ido.

El discurso de investidura del candidato Ibarretxe, competidor imposible de Patxi López en la carrera por la lehendakaritza, no fue, como correspondía, un proyecto de Gobierno. Aquella intervención no tenía más objetivo que desahogar toda la irritación que ha producido a los duros del PNV la pérdida del poder. Irritación que no es democrática –resulta sospechosa la resistencia a abandonar una institución cuando se está en minoría- y que sólo se explica por el hecho de un sector del Partido Nacionalista Vasco lo considera más un movimiento nacional que un partido. Como alguien ha dicho, algunos nacionalistas todavía no han digerido completamente el hecho de que el suyo ha dejado de ser el partido para convertirse en un partido más.

El mal perder del Ibarretxe quedó de manifiesto en la inelegante y resentida retahíla de improperios y descalificaciones que lanzó sobre la nueva mayoría. A su juicio, el nuevo Gobierno del socialista Patxi Lopez sería una alternativa “frentista, débil e inestable” porque se constituye “a espaldas de la mayoría los deseos expresados en las urnas el 1 de marzo por la mayoría de la sociedad vasca”. Ningún demócrata verdadero osaría utilizar este argumento cuando 39 de los 75 diputados vascos han votado a Patxi López como nuevo lehendakari. 

En suma, la marcha de Ibarretxe es un importante ingrediente de la normalización que llega. Porque lo deseable es que la alternancia se desarrolle en un clima de distensión y de diálogo, de pragmatismo y no de fanatismo, de posibilismo y no de apego a dudosas verdades absolutas. También hay que decir que este abandono insinúa la posibilidad de que, en el futuro, el PSE reconstituya la transversalidad. No sería sin embargo serio que tal opción se planteara siquiera en la actual legislatura, en la que PP y POE tienen un difícil e ingente trabajo que hacer.

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