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El lúdico debate

La competitividad, asociada al juego, es probablemente una de las características más refinadas de la inteligencia. Los animales sin incapaces de adentrarse en el terreno superior de lo lúdico, y apenas compiten instintivamente, para satisfacer sus necesidades vitales.

Pero la competitividad puede ser también una rémora: es fácil que la rivalidad enturbie la razón hasta el absurdo. Así por ejemplo, un debate parlamentario no debería ser nunca planteado como una competición entre líderes sino como un método esclarecedor para avanzar políticamente. La democracia se basa en Hegel: de la tesis y de su antítesis ha de surgir la síntesis evolucionada y creativa.

Tras el último debate, todos los análisis versan sobre quién ganó realmente el debate. Zapatero o Rajoy, Rajoy o Zapatero. Y alguno afirma que fue realmente Duran Lleida quien se lució verdaderamente. Es muy lícito hacer tales balances, pero es muy triste que un gran debate como el que acaba de celebrarse se resuma en un elemento tan frívolo. ¿Qué más les dará a los cuatros millones de angustiados ciudadanos sin trabajo que el debate lo haya ganado Rajoy o Zapatero?

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