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El nuevo patrón económico

Caben pocas dudas sobre la conveniencia de ir abriendo paso a un nuevo patrón económico que dé lugar a un nuevo modelo productivo. La recesión que nos embarga con dramatismo tendrá, entre otros efectos, el de reducir significativamente el tamaño del sector inmobiliario, lo que obligará a reorientar la actividad hacia nuevas tareas de mayor valor añadido capaces de generar nuevos empleos en sectores emergentes. El problema ya no sólo consiste, en fin, en salir de la recesión sino también y sobre todo en estimular nuevas estrategias de crecimiento para el día después.

El presidente del Gobierno se ha puesto al frente de estos designios. Ayer, en Andalucía, reiteraba su propuesta de “una economía de alto valor añadido, con empleo estable, sostenible, de gran desarrollo tecnológico e investigador”.  Y, como es conocido, el Gobierno se propone auspiciar un gran acuerdo social para sustentar la Ley de Economía Sostenible, que debe dar viabilidad a las reformas necesarias… Entre ellas, las mencionadas en el último gran debate parlamentario: eliminación de la desgravación por vivienda, bajada del impuesto de sociedades a las PYMES, austeridad fiscal,  inversiones en educación y tecnología, etc.

La iniciativa va en la dirección adecuada, y por ello es probable que el Ejecutivo consiga el consenso social que pretende, y que dejaría aislado al principal partido de la oposición. Pero no debemos llamarnos a engaño sobre el alcance de esta acción pública: ni es posible cambiar el modelo de crecimiento por vía normativa, ni el Gobierno puede hacer otra cosa que inspirar un cambio que a la postre tendrá que ser acometido por toda la sociedad. 

La conquista de niveles crecientes de productividad, que de eso se trata en el fondo, requiere la adopción continuada de reformas estructurales de gran calado. Entre ellas, deben mencionarse la reforma del mercado laboral, en el que aún es necesario, además de una simplificación, el trueque de mayor estabilidad por menor seguridad; una reforma a fondo de las administraciones públicas, que son hoy día un ineficaz pozo sin fondo; una reforma educativa ambiciosa que reduzca el fracaso escolar y haga hincapié en una formación profesional tecnológicamente avanzada; una reducción significativa de la dependencia energética, con el inapelable recurso a la energía nuclear; una reconstrucción eficaz de la unidad de mercado, eliminando sin contemplaciones las trabas particularistas que se le oponen… 

Es evidente que todas estas políticas  han de plantearse a medio y largo plazo (si no, no tienen sentido), por lo que para que resulten creíbles y eficaces han de basarse en un acuerdo político entre las formaciones que se turnan al frente del Estado. Bien están los esfuerzos parciales que caminan en la buena dirección pero no deberíamos confundirnos ni confundir a la opinión pública en lo referente a la gravedad excepcional del problema ni en lo tocante a la magnitud del esfuerzo que nos reclama. Y en este sentido, PP y PSOE, que han sido ya capaces de pactar en Euskadi sin renunciar a su rivalidad general,  tendrían que suscribir igualmente un pacto de mínimos sobre tales estrategias de futuro. Sin renunciar a la lucha por el poder, pero sin hacerse la zancadilla en aquellas cuestiones que no admiten discusión y en cuyo logro se cifra la más rápida salida de la recesión.

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