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Lecciones de la Transición

El libro de Javier Cercas “Anatomía de un instante” es, ante todo, una indagación histórica magnífica sobre el 23-F, que contextualiza brillantemente aquel episodio, agota el análisis y arroja sobre aquel hito crucial de nuestra democracia toda la perspectiva que ya cabe extender sin prejuicios ni límites. No le veo a la obra cualidades literarias pero sí reconozco su aportación decisiva a la reconstrucción de nuestro pasado reciente, velado con frecuencia por la pasión política o por el interés inconfesable.

La obra de Cercas da respuesta a la mayoría de los interrogantes que quedaban abiertos sobre aquella compleja cuartelada. Queda clara la ambición cómplice de Armada; el temple tabernario y primitivo de Tejero; la connivencia de la AOME –la unidad de elite del CESID- de José Luis Cortina con el golpe, sin conocimiento del CESID de Narciso Carreras y Javier Calderón; las imprudencias verbales del Rey antes del 23-F y su firme decisión de abortar la intentona cuando ésta tomó cuerpo… Pero probablemente el mayor acierto del monumental reportaje sea la puesta en valor de los héroes que brillaron en aquella fecha infausta, mantuvieron enhiesto el honor de la democracia y salvaron definitivamente al Parlamento de un ridículo que pudo haber lesionado su prestigio para siempre en el imaginario colectivo: Adolfo Suárez, Manuel Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo, los únicos que permanecieron en sus escaños cuando el tiroteo de los uniformados a las órdenes de Tejero asoló la Cámara y obligó a los diputados a ocultarse prudentemente bajo los asientos.

El rescate para la historia de estos tres personajes clave cuando ya no son actores de la política –Suárez se halla como es sabido ensimismado en su irremisible enfermedad, Gutiérrez Mellado murió absurdamente en un accidente de automóvil en 1995, Carrillo sigue lúcido a sus 94 años- restaura con justicia una postergación que sólo puede atribuirse a la ingratitud congénita de la naturaleza humana, puesto que sin su contribución al país hoy no podríamos disfrutar de un régimen modélico que nos ha traído, pese a los contratiempos, a la prosperidad material e intelectual.

La rehabilitación de la memoria histórica ha sido particularmente pertinente en el caso de Adolfo Suárez, cuyos cinco años al frente del Gobierno dejaron establecido nuestro magnífico sistema de libertades. Como es bien sabido, tal autoría no sólo no le fue reconocida entonces sino que padeció la más pertinaz, injusta y absurda campaña que jamás se haya desatado contra alguien en nuestro país desde la muerte de Franco. En delirante conciliábulo, todos, desde la extrema derecha a sus propios conmilitones se empeñaron en destrozar a quien, de la mano del Rey, edificó la democracia, hasta el extremo de forzar su dimisión, que fue espoleta del golpe de Estado. Cercas reproduce algunos párrafos del doliente adiós de Suárez: tras enunciar con sencillez su legado explica que se va porque ha llegado a la conclusión de que su marcha puede ser más beneficiosa que su permanencia; quiere que su renuncia sea “un revulsivo moral” capaz de desterrar para siempre de la práctica política de la democracia “la visceralidad”, “la permanente descalificación de las personas”, “el ataque irracionalmente sistemático” y “la inútil descalificación global”.

Tres décadas después, la figura de Suárez adquiere sus verdaderos perfiles gigantescos. Incluso algún biógrafo de entonces que contribuyó a demonizarlo ha revisado ahora sus posturas. Pero algunos de los vicios cainitas que denunció Suárez siguen en el orden del día. Quizá fuera oportuno extraer las lecciones de la Transición y releer la historia, que es una manera de no tener que volver a vivirla.

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