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Archivo de Junio, 2009

Realismo y utopía en Obama

Viernes, 5 Junio 2009

El discurso de Obama en El Cairo marca, como se ha señalado universalmente, el comienzo de una nueva era en las relaciones entre los Estados Unidos y el mundo musulmán. De la criminalización de facto del islamismo tras el 11-S, Washington pasa a la tolerancia y a la contemporización. El choque de civilizaciones (Huntington) deja de considerarse inevitable, la guerra contra el terrorismo se matiza y se abren grandes espacios a la diplomacia. Obama es además consciente de que cualquier intento de aproximación entre Occidente y  el mundo musulmán ha de pasar por el encauzamiento del conflicto de Oriente Próximo. Y las iniciativas de acercamiento y diálogo –la Alianza de Civilizaciones- pasan a ser herramientas útiles para la pacificación.

El esquema de Obama es la respuesta inteligente y racional al desastre heredado de Bush. El unilateralismo exacerbado que dio lugar a la guerra de Irak (que Obama ha tenido que digerir por razones obvias, no sin criticar el desarrollo de este descabellado conflicto) había de ser encauzado hacia un multilateralismo progresivo tendente al aislamiento de los elementos radicales (al Qaeda y afines) y al apaciguamiento de los regímenes musulmanes más beligerantes (Irán, especialmente, puesto que Siria en está en franca aproximación hacia EEUU). 

Infortunadamente, este retorno al pasado de Obama, que deja atrás los efectos del 11-S y reconstruye la posición norteamericana en la etapa Clinton, necesita hechos para resultar verosímil. No es anecdótico que los diversos actores palestinos de Hamas y de Fatah hayan manifestado unánimemente que las buenas intenciones expresadas por Obama sólo serán creíbles cuando se traduzcan en la práctica. Y la situación en el Próximo Oriente, con el radical Netanyahu al frente de la política israelí y dispuesto a continuar creando asentamientos judíos en los territorios ocupados, no contiene precisamente ingredientes esperanzadores. Así las cosas, todo el entramado declarativo de Obama queda supeditado a los avances en la resolución del conflicto palestino-israelí. En definitiva, estamos como estábamos antes de que Bush incendiara la región. Y la consecución de los nuevos equilibrios, tan deseables, dependerá de la efectiva formación del sistema de dos Estados en el Cercano Oriente.

El otro elemento polémico del discurso de Obama es su conceptualización de la religión musulmana, a su juicio compatible con la democracia. Aunque en el terreno de la especulación intelectual pueda darse esta compatibilidad, es innegable que los países genuinamente islámicos, en que el credo musulmán se convierte en la fuente de legitimidad y en el fundamento legislativo, la democracia no tiene siquiera sentido. Cuando la racionalidad ha de supeditarse a la verdad revelada, la idea de soberanía basada en la voluntad colectiva se vuelve subversiva. En otras palabras, la democracia política no es posible si la idea religiosa no se reduce al ámbito privado de los ciudadanos. O, si se prefiere, cualquier Estado confesional, en el que dogma imponga los criterios, ha de ser por fuerza autoritario.

La convivencia entre culturas distintas es, en fin, posible siempre que la idea de trascendencia desaparezca del territorio público. Y los regímenes que actúen a impulsos de una pretendida revelación del bien y de la verdad nunca podrán ser socios fiables de países basados en los valores humanistas de la revolución francesa y en el sufragio universal.  

Sentimientos indecentes

Mircoles, 3 Junio 2009

La caída del desempleo en mayo en casi 25.000 personas ha supuesto un alivio para la inmensa mayoría de los ciudadanos de este país, aterrados por la secuencia dramática de catorce meses de incremento ininterrumpido y en ocasiones brutal de las listas del paro. Al margen de cualquier polémica sobre la representatividad del indicador, evidentemente afectado por la estacionalidad, el dato ha servido para infundir la sensación de que por lo menos ha cesado la caída libre. El mercado laboral nos ha dado, al fin, un leve respiro… 

Lo preocupante es que, de inmediato, esta buena nueva se ha convertido en mercancía política. En estas vísperas electorales, el partido del Gobierno ha tratado de utilizar el indicador favorable para anunciar demasiado prematuramente el principio del fin de la crisis, en tanto el principal partido de la oposición, visiblemente contrariado, ha sido incapaz de disimular su disgusto, de modo que se le ha notado su irritación. Ya se sabe: para las minorías, cuanto peor, mejor.

Es de buena educación ocultar al menos los sentimientos indecentes. Porque cuando los datos reflejan dramas personales, como es el caso, resulta indigno manejarlos como si fueran bolas de billar.

Democracia: el fondo y las formas

Lunes, 1 Junio 2009

La polémica de los aviones, pedestre y grosera, da la medida de una degeneración preocupante del discurso democrático en este país. Y ello es así por la escasa enjundia del debate y por el hecho de que se prescinda en la campaña preelectoral tanto de las preocupaciones esenciales de la ciudadanía –la crisis- cuanto del objetivo obvio y primordial de las elecciones del 7-J –la construcción de Europa.

La polémica es, ante todo, falsa porque si el avión oficial del presidente es sufragado por todos los contribuyentes a escote, el avión privado del líder de la oposición también corre a cargo de la Hacienda Pública, que es la que sostiene a los partidos políticos. Se podrá objetar que la discusión es sobre las formas de la democracia, tan importantes como el fondo ideológico del sistema pluralista, pero tampoco es verosímil esta declaración, que pasa por alto el llamativo contraste entre este rigor aeronáutico y la condescendencia que se manifiesta hacia personajes manifiestamente corruptos que continúan transitando por la política con la mayor desfachatez.

Ciertamente, la democracia formal, el conjunto de normas y procedimientos que acotan el concepto de seguridad jurídica, resulta indispensable para la buena marcha del régimen que nos hemos dado. Pero empieza a parecer evidente que un patológico exceso de rigor formal está agostando la vitalidad del modelo. Así por ejemplo, es notorio que los regímenes de incompatibilidades, cada vez más estrictos, no han conseguido erradicar la corrupción, y sin embargo han convertido los Parlamentos en un erial. Gracias a estas restricciones en teoría tendentes a generar transparencia se ha conseguido, por ejemplo, que un catedrático de Derecho Constitucional en activo no pueda ser diputado, mientras el tráfico de influencias se ha convertido en la gran lacra del régimen. Tampoco pueden acudir a la política profesionales liberales, salvo si renuncian por completo a su actividad, pero ello no ha impedido que haya grandes lobbys clandestinos o que en cientos de ayuntamientos el urbanismo se haya convertido en un pozo negro.

Las formas, en democracia, deberían ser simplemente la estructura del edificio, dentro del cual habría de tener lugar el debate de ideas, la dialéctica creativa capaz de generar el avance político y social. Pero no: esta campaña electoral, en la que están en juego vectores ideológicos relevantes de la integración continental, avances en la transferencia de las soberanías nacionales en el cuerpo federal de Europa, nuevas pautas de política económica a la luz de lo que representa la recesión que padecemos, ha superado a los actores que nos piden el voto. Es difícil reprimir la sensación de que quienes gritan en los mítines y lanzan mensajes vacíos no tienen ellos mismos ni idea de qué es lo que está en juego o de para qué sirve un Parlamento Europeo que sale reforzado del Tratado de Lisboa. Y no tienen opinión, por ejemplo, acerca de la pretensión de Turquía de ingresar en la UE (ni siquiera se ha mencionado este asunto) o sobre el futuro del Pacto de Estabilidad, sobrepasado por la crisis. 

Cuando las democracias pierden su contenido intelectual y se convierten en simples cascarones formales, los regímenes se pervierten y las sociedades comienzan a cultivar un venenoso escepticismo que suele desembocar en actitudes radicales. Quizá fuera conveniente hacer un alto en el camino y mirar alrededor por si hubiese que reconsiderar íntegramente el disparate que estamos escenificando.