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Presidente de Europa

Este jueves debe celebrarse una cumbre extraordinaria en Bruselas para designar al presidente permanente de la UE y al alto representante y vicepresidente de la Comisión. Y cuando se escriben estas líneas, el caos se ha adueñado de las negociaciones entre los Veintisiete, hasta el extremo de que aún no es seguro de que el Consejo Europeo pueda formalizar a tiempo este primer paso del recién ratificado Tratado de Lisboa.

Los debates y las negociaciones versan, en primer lugar, sobre la filiación ideológica de ambos altos cargos y, en segundo lugar, sobre su sexo: algunas mujeres relevantes del establishment europeo han manifestado airadamente que sería inconcebible que uno de los puestos no fuera para una mujer. Pero en el fondo lo que se dirime es otra cosa: los jefes de Estado y de Gobierno que forman el Consejo Europeo no están dispuestos a nombrar para presidirlos a una personalidad potente que les haga sombra. Prefieren a un burócrata, a un personaje servicial y gris, a un hombre (o mujer) sin ideas, conforme al acrisolado modelo del inane Durao Barroso.

Es obvio que el crónico déficit democrático de la UE se incrementa con la designación de un presidente de la UE que tampoco proviene del sufragio universal. Por esta vía, lejos de impulsar una concepción fuerte de Europa, seguiremos desacreditando la construcción continental.

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