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Paradoja del integrismo

El cardenal Rouco y su brazo derecho, el portavoz de la Conferencia Episcopal Juan Antonio Martínez Camino, han cruzado el umbral del integrismo en su defensa legítima de los intereses eclesiales ante la reforma de la normativa de legislación sobre la interrupción voluntaria del embarazo, con una consecuencia clara: por el exceso, su voz ha dejado de tener relevancia política y social en este asunto. Y así, la amenaza de negar el sacramento de la comunión a los parlamentarios que voten afirmativamente a la reforma del aborto es un despropósito tan radical que ha acentuado el anacronismo de la jerarquía hispana hasta extremos que desbordan definitivamente la racionalidad.

 

La opinión pública de este país, que ha alcanzado un admirable grado de tolerancia en los últimos treinta años, no niega a nadie el derecho a defender sus principios morales y sus convicciones éticas, y mucho menos a las confesiones religiosas, siempre que éstas actúen en el ámbito de las opiniones intelectuales sin pretenden dictar las normas civiles reguladoras de la convivencia. Pero de ahí, de mantener un discurso claro y franco con la intención de influir en las conciencias, a presionar con amenazas inquisitoriales, hay un abismo.

 

El socialista José Bono, presidente de las Cortes, católico practicante, ha acertado al denunciar la paradoja de una iglesia que ahora se muestra aquí tan estricta cuando no negó jamás la comunión en público al genocida Pinochet. Y en sus moderadas declaraciones ha subrayado el error que comete la jerarquía católica al incompatibilizar de nuevo el progresismo, la izquierda, con el dogma.

 

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Una respuesta a “Paradoja del integrismo”

  1. Dylan dice:

    José Bono es un católico practicante que apoya el aborto y comulga curruscos de pan, así que tampoco vamos a dar demasiado crédito a lo que pueda o no decir.

    Rouco Varela por el contrario depende del Santo Padre, lo que ya es otro cantar.

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