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Prohibido prohibir

Está en boga un cierto papanatismo sedicentemente progresista, que en realidad encubre diversos complejos de inferioridad, que mantiene la idea absurda de que el desarrollo democrático no consiste en abrir nuevos espacios de libertad sino en acotar otros y limitarlos. Y así, de un tiempo a esta parte estamos asistiendo al crecimiento, a veces sobrecogedor, del control del Estado sobre los ciudadanos.

En algún caso, las medidas limitantes se justifican relativamente por los resultados: el control del tráfico rodado ha reducido espectacularmente la siniestralidad. En otros casos, las proscripciones facilitan la convivencia: limitar las zonas de fumadores equilibra los derechos entre los fumadores y los no fumadores. Pero, en general, se echa en falta un mayor pudor a la hora de prohibir.

Estamos en puertas de otras dos prohibiciones polémicas: el Gobierno ha anunciado que pronto no se podrá fumar en ningún espacio público, medida que convierte al Estado en un represor más que en un árbitro (no es lo mismo defender de malos humos a los no fumadores en espacios públicos que satanizar a los fumadores). Y en Cataluña, gracias al proselitismo de cierto sospechoso econacionalismo, se ha abierto un debate encaminado a prohibir las corridas de toros, asunto cargado de moralina de mala calidad.

Ante estas amenazas, convendría que los verdaderos liberales, los que defendemos con ardor la libertad propia hasta el comienzo de la libertad ajena, nos armáramos de argumentos para dar la batalla frente a los pequeños burócratas del intervencionismo y el instinto servil que castra la verdadera democracia.

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Una respuesta a “Prohibido prohibir”

  1. Dylan dice:

    La prohibición de fumar además tiene el plus de demonizar un mercado que llena las arcas del Estado a base, cómo no, de inmensos impuestos.

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