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El hallazgo de Lorca

Por una vez, discrepo de mi amigo Ian Gibson, este apasionado hispanófilo que tanto ha penetrado en las raíces más sensibles de esta joven y ya consolidada democracia: “el Estado debe buscar de una vez a Lorca”, ha escrito hoy en un artículo, tras la decepción de que los restos mortales del eximio poeta, todo un símbolo frente a la irracionalidad fanática y autoritaria, no estuvieran enterrados, tras su fusilamiento a manos de los sayones del franquismo, en el hermoso paraje granadino en que se suponía la inhumación.

 

En realidad, el Estado, esa abstracción que nos abarca a todos y que, en democracia, incluye conceptos magnánimos que articulan nuestro imaginario colectivo, ya encontró a Lorca al sobrevenir las grandes libertades tras la muerte del dictador y la erección del régimen actual. Aquel Lorca maldito y heterodoxo que yacía en la catacumbas intelectuales de la dictadura volvió a la luz y sus inigualables luminarias se reencontraron con España al imponerse la vida sobre la esclavitud.

 

Es innecesario decir que Lorca, la víctima por antonomasia de la depravación fascista, es hoy para todos la idea y la memoria, y no una macabra reliquia en alguna parte. El homenaje a Lorca ha de hacerse en la intimidad de las conciencias: en las montuosidades de Alfacar, junto al monolito que recuerda la tragedia, o en cualquier otra parte donde no habite el olvido.

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Una respuesta a “El hallazgo de Lorca”

  1. Jimbo Jones dice:

    Un fiera, su amigo Gibson. Pasará a la Historia por ser el experto de Lorca que erró completamente el lugar donde supuestamente descansaban sus restos.

    Para mí que después de cubrirse tanto de gloria podría cambiar de especialidad y pasarse a la vida sexual de los moluscos. XD

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