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Diplomacia duplicada

Ya es un hecho: en esta presidencia española de la UE, al contrario que en las anteriores presidencias europeas, la representación exterior de la Unión Europea ya no correrá a cargo de nuestro servicio diplomático: a partir de la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, será la diplomacia comunitaria, a través de sus propias embajadas, la que desempeñará esta tarea. De momento, este designio será poco más que simbólico pero, como es sabido, se está trabajando a toda prisa para formar un cuerpo diplomático europeo de unos 5.000 funcionarios. El coste de semejante despliegue es más fácil de imaginar que de digerir.

 

Los europeístas convencidos tenemos que alegrarnos de que se dé este paso que otorga visibilidad a la idea confederal de Europa y que, a la larga, incidirá positivamente en la generación de un eficaz engrudo que nos vincule a todos. Sin embargo, es de temer que estos cambios aparentemente profundos no pasen en la práctica de la pura retórica. Porque, de momento, no se advierte, ni en España ni en ninguna otra parte, la menor intención de adelgazar nuestro Servicio Exterior para fortalecer el europeo.

 

Lamentablemente, estamos al borde de una nueva y muy onerosa duplicación burocrática, que en el caso español tendrá chirridos especiales. Porque nosotros, en efecto, ya tenemos también un nutrido repertorio de representaciones autonómicas en el extranjero. No es extraño que ante este despilfarro la opinión pública muestre desafección hacia los proyectistas de tanto y tan costoso disparate.

 

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