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El mito de la democracia directa

Leo unas declaraciones del eurodiputado del PPE Íñigo Méndez de Vigo en las que elogia la llamada ‘Iniciativa Ciudadana Europea’, introducida a última hora en el Tratado de Lisboa tras la defensa que de ella hicieron el también diputado del PPE Alain Lamaissoure y el socialdemócrata Jürgen Meyer; se trata de un instrumento que permite a los ciudadanos presentar una propuesta a la Comisión Europea para que adopte una iniciativa legislativa determinada, siempre que reúnan aproximadamente un millón de firmas (el 0,2% de la población comunitaria).

 

El europarlamentario español afirma que esta novedad “permitirá involucrar más a la gente en las cuestiones europeas” ya que, a su entender, conecta con las aspiraciones de democracia participativa que manifiesta la sociedad del Viejo Continente. Opinión subjetiva que algunos no compartimos en absoluto.

 

En efecto, tal novedad, más que un avance en el terreno de la participación política, es una evasiva. El mediocre modelo democrático suizo, basado en una insólita frecuencia de los referendos como expresión cabal de la democracia directa, pone de manifiesto que el asamblearismo plebiscitario no es mejor, sino al contrario, que el sistema parlamentario, en que las decisiones, mucho más maduras, son adoptadas por representantes expertos de la soberanía popular.

 

Si lo que se quiere es fortalecer y mejorar nuestros regímenes, habrá que mejorar la calidad de la política, extremar el rigor de los partidos en la formación de sus cuadros, buscar modos de integrar a la ciudadanía y de responder a sus aspiraciones…  y reservar los experimentos para los ratos de ociosidad.

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Una respuesta a “El mito de la democracia directa”

  1. Jimbo Jones dice:

    Cuanto más se involucren y más participen los ciudadanos en el sistema, más democrático será este.

    Decir lo contrario es retrotraerse al despotismo ilustrado en el que unos pocos ‘expertos de la soberanía popular’ toman las decisiones por el pueblo pero sin el pueblo.

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