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Haití, Chile

La inflexibilidad de las catástrofes naturales, que golpean aleatoriamente sin la menor consideración al estatus de las víctimas, debería ser aprovechada para obtener conclusiones éticas de gran calado: en efecto, en esta era de la globalización en que todo está ya cerca de nosotros, es muy difícil justificar moralmente que un gran terremoto pueda ser afrontado sin grandes quebrantos en países ricos –Chile- cuando otros seísmos incluso de menor importancia producen la devastación total de un país –Haití.

 

 

Nuestras democracias llegaron hace tiempo a la convicción de que no era tolerable en ellas que existieran grupos sociales marginados por debajo de determinado umbral de pobreza, y en la práctica existen ya mecanismos sociales que rescatan a quienes caen en la indigencia. Sería deseable que este criterio comenzase a regir también en el ámbito global: los países ricos no deberían ser éticamente capaces de tolerar que determinados Estados se mantuvieran por debajo de ciertos niveles mínimos en su estadio de desarrollo.

 

 

De hecho, constataciones como la de Haití son realmente denuncias de la insensibilidad ética del Norte desarrollado hacia el Sur deprimido y sin expectativas. Porque esta gran injusticia planetaria clama, sencillamente, al cielo.

 

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