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La tortura es otra cosa

Jesús Mosterín, el filósofo que irritó al parlamento de Cataluña al comparar la tradición taurina con la tradición machista que desencadena la violencia de género, insiste hoy en los símiles disparatados: en un artículo en la prensa de Madrid ha vuelto a cebarse en la “tortura pública de los toros”, que sería a su juicio “una salvajada”.

 

Muchos demócratas de este país y del orbe en general hemos impulsado durante décadas, con gran esfuerzo y con un resultado todavía escaso leyes y acuerdos internacionales contra el terrorismo, el genocidio y las torturas. Los tres conceptos, que aluden a crímenes de lesa humanidad, contienen, pues, una carga humanitaria que no debe ser dilapidada en devaneos festivos ni en demagogias de salón.

 

Tortura es –por si el señor Mosterín no lo sabe- “grave dolor físico o psicológico infligido a alguien, con métodos y utensilios diversos, con el fin de obtener de él una confesión, o como medio de castigo”. Tortura es, en fin, un aberrante delito contra las personas. Deje, pues, de jugar con las palabras trascendentes y limite su verborrea taurófoba al terreno lúdico, que es el que engloba a la fiesta brava.

 

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