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Ahorro y confianza

La paradoja crece en intensidad: en tanto el paro alcanza tasas sin precedentes y la economía real muestra cada vez más descarnadamente las huellas de la crisis,  el ahorro continúa su escalada vertiginosa: según datos publicados hoy mismo por el INE,  la tasa de ahorro de los hogares e instituciones sin fines de lucro se situó en el 18,8% de su renta disponible en 2009, máximo anual desde que se inició la serie en el año 2000 y  un 5,9% superior a la de 2008. Al propio tiempo, el gasto en consumo final de los hogares cayó un 0,4% en el mencionado ejercicio, lo que provocó que el ahorro alcanzase los 47.741 millones de euros, un 7,1% más.

 

La razón es psicológica: el hecho de que ciudadanos que continúan percibiendo rentas y son por tanto relativamente inmunes a la recesión dejen de consumir y acumulen recursos a tipos de interés poco más que simbólicos se debe, simplemente, a la desconfianza y al miedo. Desconfianza con respecto al futuro y sobre la capacidad del establishment para reconducir la situación hacia la prosperidad; y miedo a que un empeoramiento de la coyuntura los arrastre a ellos también al desempleo, a la ruina, a la necesidad.

 

Así las cosas, deberían pensar los agentes políticos y económicos qué hacer para que estos factores psicológicos no agraven la crisis, no impidan que las medidas adoptadas surtan efecto. Guillermo de la Dehesa publicó ayer domingo un aleccionador artículo que se titulaba precisamente “Los efectos de la falta de confianza”. Aunque no hay que hacerse muchas ilusiones: en política, siempre hay actores convencidos de que, para sus propios intereses, cuanto peor mejor. Aunque, naturalmente, lo nieguen enfáticamente.

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