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Cuba

Probablemente, el indicio más claro y definitivo de que la dictadura cubana ha llegado a su fin –pese a la diarrea mental de personajes hilarantes como ese tal Willy Toledo, que insiste pertinazmente en el ridículo error- esté siendo el diálogo que han abierto dos insignes cubanos hasta ayer mismo irreconciliables, el cantautor Silvio Rodríguez y el intelectual Carlos Alberto Montaner, respectivamente vocero del castrismo y apóstol de la disidencia y de la liberalización del régimen autoritario.

 

La muerte de Orlando Zapata al término de una dolorosa huelga de hambre ha sido el detonante del diálogo, que cada vez encuentra más lugares comunes. También aquella muerte ha sido ocasión para la caída del caballo de las últimas incondicionalidades españolas a una revolución que hace décadas que dejó de serlo. En España, concretamente, los viejos valedores de la izquierda recalcitrante que sostenían la llama castrista han cejado en la defensa de su causa imposible y hace poco rubricaron un manifiesto inequívoco de condena que no deja lugar a error.

 

El viejo sistema ya es irrecuperable y hoy habríamos de preocuparnos por cómo lograr que se derrumbe sin sangre. Para ello, en este amistoso dialogar, Montaner ha dado bellamente la pauta: “Tenemos que encontrarnos –ha escrito a su antagonista- en un claro de la historia para darnos el abrazo de reconciliación y cambio que casi todos anhelamos”. No deberían poner obstáculos los cabecillas de la gerontocracia cubana si no quieren que esa misma historia los arrolle definitivamente y los arroje a lo más hondo del sumidero de la indignidad.

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