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En dirección contraria

Las religiones llamadas del Libro –el judaísmo, el cristianismo y el islam-, muy dogmáticas, han sido rémoras del progreso intelectual y han arrastrado secularmente tradiciones que han impedido la evolución de la humanidad hacia las grandes utopías seculares que, convenientemente filtradas, fundamentan los actuales principios laicos de libertad, igualdad y democracia. Con independencia de sus mensajes trascendentes,  absolutamente respetables, que interesan al teólogo pero no al historiador social.En el caso concreto del catolicismo, la rama más potente del cristianismo, padecemos todavía las secuelas de una impenitente misoginia –germen indudable de la postergación social de la mujer, que sólo ahora consigue arañar la plena igualdad de derechos en Occidente-, de una perturbadora intolerancia sexual, de un castrador oscurantismo científico y de una gran resistencia a la instauración de las libertades democráticas.Así las cosas, resultaría deseable el aggiornamento de las religiones, una mayor capacidad de evolucionar hacia la modernidad, sin renunciar obviamente a los grandes principios incluidos en la verdad revelada que las nutre. Pues bien: el papado de Benedicto XVI, que cumple su quinto aniversario, camina exactamente en dirección contraria.

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