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Igualdad, lo razonable y el disparate

La igualdad entre los sexos, que en España está respaldada hasta por un Ministerio, es un concepto magnífico que corre el riesgo de desvirtuarse si no se criba en el tamiz del sentido común. Porque si se extrema la pretensión de equiparar lo disímil y no se entiende que la equiparación es entre actores distintos, es fácil incurrir en la estridencia y en el disparate.La aplicación estricta de los criterios de igualdad al funcionariado público es un logro objetivo poco cuestionable, aunque la estadística demuestre que estamos lejos de haber pasado de la teoría a la práctica. Pero si no se hacen las excepciones necesarias, la rigidez de la norma conduce al absurdo. Es el caso, por ejemplo, de los funcionarios de prisiones, cuyo sexo no se tiene en cuenta a la hora de programar los destinos a las cárceles masculinas o femeninas.Si por pura racionalidad no se han considerado posibles las cárceles mixtas, que generarían una conflictividad inconveniente, y continúa habiendo por tanto prisiones para hombres y prisiones para mujeres, no parece lógico que haya funcionarias en las prisiones masculinas ni al contrario. Reconocer estas exigencias de funcionalidad no lesiona la igualdad sino que la potencia y le da sentido. Deberían pensarlo quienes, con su celo poco acertado, han creado el problema.

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