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Suprimir las diputaciones

José Blanco, lanzado últimamente al realismo político en sus declaraciones, ha dejado la pregunta en el aire: ¿para qué sirven las diputaciones? Como es sabido, estas vetustas instituciones se extienden sobre un ente territorial, la provincia, que ha perdido todo el sentido en la España de las Autonomías, basada en tres niveles territoriales: el Estado, la comunidad autónoma y el municipio. La provincia, en términos políticos, es una reminiscencia anacrónica de otros tiempos,por más que conserve una indudable prestancia social y cultural.

 

El papel de las diputaciones, extendido sobre el ámbito provincial y limitado a la prestación de servicios y coordinación de los ayuntamientos, puede ser perfectamente desempeñado por la entidad autonómica. Máxime si se produce, como es deseable, una concentración municipal que agrupe entes locales a la manera griega (en Grecia, el número de ayuntamientos se ha reducido a una tercera parte y todos tendrán ya más de 10.000 habitantes). 

 

La eliminación de las diputaciones, en el marco de una reestructuración del modelo de organización territorial general, es una buena idea, que debe simultanearse con la extinción de las subdelegaciones del Gobierno. Porque también fenecieron los gobiernos civiles del antiguo centralismo autoritario y no tiene sentido que seamos incapaces de prescindir del sucedáneo.

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