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El burka, de nuevo

La Constitución permite las manifestaciones públicas de las confesiones religiosas con el único límite del orden público (art. 16.1 C.E.).

 

Esta permisividad constitucional legaliza y salvaguarda tanto los alardes multitudinarios de carácter religioso –las procesiones de Semana Santa, por ejemplo- cuanto las indumentarias confesionales –la sotana clerical, los hábitos de cualquier índole o la toca monjil-. Y hará muy difícil proscribir, por esta vía, el velo islámico, incluso en sus formas más duras, el burka y el niqab.

 

El velo islámico, en fin, debe prohibirse en lugares públicos no porque sea una expansión religiosa excesiva en un país laico sino porque atenta contra la dignidad de la mujer. No es, en fin, en la Ley de Libertad Religiosa donde ha de regularse este asunto sino en una de las normas que velan por la igualdad de géneros o, en su defecto, en el Código Penal. En una sociedad democrática, no es éticamente tolerable, en definitiva, que uno de los sexos se recluya públicamente en una posición oculta y servil.

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