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Debate sobre el estado de la nación

La próxima semana se celebrará el debate sobre el estado de la nación, ante la indiferencia de la opinión pública y el horror de los analistas, que vemos cómo, al igual que en años anteriores, la larga y prolija escenificación parlamentaria tan sólo será una especie de batalla campal en la que los contendientes tratarán de mejorar su posición electoral por el procedimiento de desgastar lo más posible al adversario.

 

La preceptiva comunicación del Gobierno, de siete folios, vaporosa y genérica, no hace más que describir la coyuntura y ofrecer diálogo para pactar viejas/nuevas medidas económicas con las que combatir la crisis. Pero las esperanzas de que la solemne ceremonia arroje frutos son más bien escasas, casi nulas. Ya se sabe que aquí el interés particular se antepone por sistema al interés general.

 

El retorno a la senda del crecimiento y la prosperidad requiere proseguir en el camino de las reformas estructurales –del mercado de trabajo, del modelo energético, del sistema financiero- y conviene que sepan los actores políticos que la sociedad de este país no perdonaría que no se avanzase en los consensos sobre estas materias. Lo demás, la exhibición de la animosidad que se profesan los partidos, es una obviedad prescindible a la que, por pudor, las fuerzas políticas deberían renunciar, siquiera por esta vez y aunque sólo sea por respeto a los cuatro millones de parados y al temor de muchos más ciudadanos que temen fundadamente por su futuro.

 

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