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Encuestas

La política democrática no consiste como es obvio en la búsqueda incesante de la popularidad. En una democracia parlamentaria de segundo grado, como la nuestra, nuestros representantes tienen la obligación de ser autónomos –por eso la Constitución declara que no estarán sujetos a mandato imperativo alguno- para buscar el bien común según su leal saber y entender, de acuerdo con los valores por los que se rijan, aun cuando hayan de tomar decisiones impopulares. No en vano Talleyrand criticó a Mirabeau porque, aunque era un gran hombre, “no tuvo el coraje de ser impopular”.

 

La conclusión más directa de este criterio rector es que los políticos y mucho menos los gobiernos no pueden guiarse exclusivamente por encuestas. La sociología aplicada es una valiosa herramienta para pulsar por dónde discurre la opinión pública. Pero ésta no siempre acierta y en las ocasiones difíciles suele estar con frecuencia desorientada.

 

De ahí que sea poco pudorosa la exhibición de encuestas de estos días. El PSOE las utiliza para preterir a Tomás Gómez frente a Trinidad Jiménez. Y el PP contraataca negando con otras encuestas la validez de aquéllas y afirmando la supremacía en todo caso de Esperanza Aguirre… ¿Acaso pretenden nuestros políticos que los sondeos sustituyan finalmente a las elecciones?

 

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