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Zapatero y Sarkozy

Tras el consejo europeo de la pasada semana en Bruselas, Rodríguez Zapatero realizó en rueda de prensa una encendida defensa de las deportaciones (utilizó el eufemismo “desplazamiento”) de gitanos realizadas por Sarkozy, que descolocó a los suyos y asombró a la opinión pública en general. Tal actitud suponía el pragmático reconocimiento del interés de Estado, que en este caso se sobreponía a los valores morales.

 

Y de nuevo ayer, en una entrevista publicada en “The Wall Street Journal” y realizada durante el viaje a Nueva York del presidente español, éste ha vuelto a realizar una encendida defensa de las deportaciones francesas, y en un país como Estados Unidos en que la cuestión racial es particularmente sensible.

 

No está mal que Zapatero haya entendido al fin que en política exterior debe prevalecer, dentro de ciertos límites, la defensa de los intereses nacionales. Pero no es necesario manifestar un entusiasmo indescriptible en el apoyo a causas en las que no se cree. El presidente del gobierno pudo haber quedado bien ante Sarkozy, a quien debemos el acoso a ETA y nuestra presencia en el G-20, sin enfatizar tanto el respaldo a la indefendible xenofobia que rezuma del amigo francés.

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