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Pena de muerte

Sakineh Astiani, la mujer iraní condenada a morir lapidada por adulterio y por haber tramado el asesinato de su esposo, será ejecutada finalmente en la horca según la fiscalía de su país. De nada ha valido la gran campaña internacional desencadenada tras conocerse la nueva brutalidad del régimen fundamentalista de Teherán.

 

La lapidación es un vestigio atávico, incompatible con la sensibilidad humanitaria del presente.  Sin embargo, lo detestable no es tanto la formalización de la pena de muerte sino la pena misma. Y, en este sentido, Ahmadineyad ha desarbolado los argumentos occidentales: hay poca diferencia entre el ajusticiamiento de Astiani y el tan reciente de la norteamericana Teresa Lewis, deficiente mental, ejecutada mediante inyección letal en una prisión de Virginia por el asesinato de su marido y sus dos hijos.

 

Es admirable que la comunidad internacional trabaje por preservar la vida de Astiani pero la campaña no debe ignorar que la primera democracia de la tierra mantiene también en vigor la pena de muerte. 

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