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Patrimonios inmateriales

Ha cundido una inexplicable fiebre de homologación de actividades artísticas, que a todas luces es un errático trasunto de la competencia mercantil entre marcas comerciales: sin un logotipo acreditado, los productos no cotizan. Ya no hay corbatas verdes o azules sino prendas de Hermés o de Gucci. El arte es sin embargo otra cosa.

 

Viene esto a cuento del supuesto éxito que habríamos obtenido los españoles al conseguir que el cante flamenco haya sido declarado hoy por la UNESCO nada menos que “patrimonio cultural inmaterial de la humanidad”, título que ya poseen el fado portugués y el tango argentino… El éxito habría sido compartido en este caso por los ‘castells’ catalanes y por la ‘sibila’ mallorquina. Muestras todas ellas magníficas de unos desarrollos intelectuales sutiles y admirables que honran al pueblo que los sostiene y alienta. Pero, aun con independencia del visceral escepticismo que uno sienta hacia el papel de la desprestigiada UNESCO, una organización confusa que ha naufragado tiempo ha en un magma amorfo y sin criterio de confusiones culturales, es difícil imaginar qué beneficio intelectual se obtiene de semejante designación.

 

Se puede entender que se otorgue a objetos materiales –obras de arte, monumentos, ciudades, paisajes- un título honorario que les confiera protección, conservación, realce turístico, etc. Pero es una estupidez pretender que lo abstracto o lo inmaterial ingrese en los dudosos escalafones culturales de establecen burócratas sin el menor crédito crítico y con absurdas ínfulas internacionales.

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