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Transparencia, seguridad, periodismo

La filtración de un gran caudal de información y datos –más de 250.000 documentos- de la secretaría de Estado USA hasta la web WikiLeaks, y de ahí a los medios de comunicación convencionales, constituye un problema político que radica en el sistema mediático pero que poco tiene que ver con la sustancia del periodismo. Desde que en el siglo XX el periodismo adquirió entidad como verdadero ‘cuarto poder’, hay un debate abierto y permanente en las democracias sobre los límites de la transparencia y sobre el papel del periodismo pero hay poco que debatir cuando la información fluye de las propias fuentes hacia los depósitos –Internet- porque algún funcionario ha abierto las compuertas.

 

Una vez que la información está al alcance de todos, la prensa deberá hacerse eco de ella en una medida lógicamente opinable. Pero no deberíamos equivocar el objeto de la polémica: cuando la prensa desentraña informaciones comprometedoras para el poder y las entrega a la ciudadanía, gana espacios de libertad para todos. Pero cuando la estanqueidad del Estado falla y sus interioridades se hacen públicas fuera de todo control, no hay razón para saltar de alegría. Y, con independencia de las represalias jurídicamente procedentes –muchos países tienen tipificado el delito de revelación de secretos-, los Estados que sufran tales fisuras tendrán que replantear íntegramente su seguridad, que, en las democracias verdaderas, es la de todos sus ciudadanos.

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