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Mediocridad, decadencia, depresión

Es poco científico, evidentemente, basar los análisis de situación en los comentarios informales recibidos del entorno en que uno habita. Pero cuando este entorno es bastante amplio y la persistencia de las ideas dominantes se vuelve llamativa, no queda más remedio que tomar en cuenta este estado general de ánimo, que en este país está cercano a la depresión.

 

Podría pensarse que esa depresión generalizada y visible es la consecuencia lógica de la profunda recesión, de la interminable crisis económica, de la situación de dificultad sobrevenida que mucha gente padece, del espectáculo deprimente de tanta necesidad que no se colma. Pero si se hurga un poco más en la realidad, se llegará a la conclusión de que sobre ese cúmulo de carencias materiales, que es aterrador, se cierne también y por añadidura una colosal falta de expectativas.

 

Y por fuerza hay que mirar a la política: nuestros representantes no están a la altura de los retos abiertos. Ni el Gobierno muestra la convicción, el ingenio y la energía que reclaman la propia situación y la perpleja ciudadanía, ni la oposición muestra un proyecto alternativo sugestivo. Ni uno ni otra generan ilusión, esperanza. Todo es mediocridad, oportunismo y decadencia.

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