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Crímenes deportivos

El suicidio de un conocido ex ciclista implicado en la Operación Galgo contra el dopaje en el atletismo, y según parece ayudante del médico que ha sido el gran impulsor de esta oscura trama y de otras descubiertas con anterioridad, resume dramáticamente el desgarro personal que generan quienes alientan este perverso negocio del dopaje.

 

La vida de un deportista profesional de elite es frágil: depende de sus rendimientos, de sus marcas, de su evolución. El dopaje, cuando existe, introduce en este desarrollo vital un factor zozobrante, ya que cualquier descuido puede provocar el desmoronamiento súbito de todas las expectativas del atleta. Y si la ilegalidad es descubierta, el personaje se hunde, el tránsito de héroe a villano es instantáneo y la crisis depresiva pude ser en muchos casos inevitable.

 

La última reforma del Código Penal castiga con mayor rigor el dopaje, pero quizá no llegue a traducir en toda su dimensión el reproche social que debería producir esta práctica criminal. Muy especialmente, el papel de los inductores, que embarcan con falsas promesas a jóvenes deportistas que, en cuanto prueban la pócima, entran en un siniestro camino sin retorno que fácilmente los convertirá en juguetes irremisiblemente rotos.

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