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Gobierno, desgobierno

Bélgica continúa sin gobierno por la incapacidad de flamencos y valones de llegar a consensos transversales. El país centroeuropeo, sede de las principales instituciones europeas, ha batido así un dudoso récord, el de tiempo de desgobierno entre unas elecciones y la formación del gobierno apoyado en los resultados de aquéllas, que ostentaba Irak: 249 días transcurrieron tras las elecciones 7 de marzo de 2010 hasta que se formó el nuevo Ejecutivo. En enero, Bélgica ya batió el récord de Holanda, que estaba en 208 días.

Lógicamente, la sociedad belga, que continúa funcionando bien engrasada como si nada estuviera ocurriendo, se interroga con malicia y socarronamente sobre la coyuntura: si todo funciona mejor que nunca sin gobierno, ¿no sería posible continuar así indefinidamente? De hecho, sus ciudadanos, que ya llaman a su país “Absurdistán”, no se sienten inquietos: no en vano Bélgica es la patria del surrealista Magritte.

Esta actitud irónica es evidentemente una boutade; sin embargo, sirve para reflexionar sobre el papel de los gobiernos en nuestro contexto adelantado político y cultural. Y puesto que los gobiernos son prescindibles, no es razonable que nuestros Ejecutivos democráticos crean que su existencia está justificada por la fiebre represiva –democráticamente represiva- que manifiestan. Mejor, en fin, el desgobierno que este afán de prohibir que está en los genes de nuestros gobernantes.

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