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Después del 23-F

Por alguna extraña razón, este 23-F, trigésimo aniversario del golpe de Estado, se ha registrado una sobreactuación mediática en conmemoración de aquella cuartelada. Y, sin embargo, se ha hecho poco hincapié en una obviedad puede resultar pedagógica: quienes experimentamos el miedo, la zozobra y la angustia de aquel suceso durante muchas horas, somos probablemente más conscientes del valor de la democracia, de la conveniencia de mimar el régimen acogedor que nos dimos con la Constitución de 1978 y que aquellos cafres pretendían arrumbar para devolvernos al fratricidio y a la gran confrontación.

 

Las generaciones posteriores que no vivieron aquella tragicomedia y que hoy la contemplan como un simple retazo de historia han tenido suerte: se han ahorrado aquella mezcla de terror y ridículo que fue la última gesticulación del régimen anterior. Pero es bueno que asistan con unción al oportuno recordatorio, que debe convencerlos de que la democracia es frágil después de todo, y que el desinterés y la desidia podría terminar de agostarla si no somos capaces de dar un golpe de timón que eleve tono de nuestro quehacer político.

 

Por decirlo más claro, si golpe del 23-F fue una eficaz vacuna contra la subversión (lo dijo atinadamente Gutiérrez Mellado), hoy la democracia necesita reconstituyentes contra la anemia. Porque si consentimos que avance el declive, de poco habría valido la derrota de aquellos conspiradores.

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