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Menos mal que son los alemanes

La gran y modélica Alemania, la sede proverbial de la alta tecnología europea, uno de los países más adelantados de la tierra, con un I+D espectacularmente alto y con una comunidad científica de gran nivel, lleva más de dos semanas de búsqueda detectivesca de una mutación maligna de la bacteria E.coli que, a través de la alimentación, ha producido una veintena de víctimas mortales y centenares de enfermos en una secuencia que arrancó en Hamburgo y se extendió por todo el país hasta terminar alcanzando a varias naciones más. La inconcreción científica ha dado lugar a clamorosos patinazos políticos como el célebre de la consejera/senadora de sanidad de Hamburgo que la emprendió a gorrazos contra la más humilde de nuestras cucurbitáceas andaluzas.

 

Como es bien conocido, la primera víctima del despiste alemán fue el campo español: nuestros inocentes pepinos, que en Centroeuropa son ingeridos sin pelar –craso error-, fueron acusados sin razón de ser los causantes del brote tóxico. Pero después la búsqueda ha dejado otros damnificados, ya en la propia Alemania: unos cultivos de soja han debido acreditar en último lugar su inocencia.

 

Uno no quiere ni pensar en qué ocurriría en nuestro país si este problema sanitario se hubiera desencadenado aquí: las críticas a la comunidad científica y a los gestores políticos habrían atronado el paisaje hasta extremos inauditos. Lo que debería moderar nuestra impetuosidad y nuestro sentido de la autocrítica, tan agudos que producen con frecuencia insanas lesiones autoinfligidas.

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