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¿Hay que suprimir las Diputaciones?

Siempre ha sido un sobreentendido que la edificación del Estado de las Autonomías, que con la Constitución de 1978 equivalía a eliminar la funcionalidad administrativa de la división provincial, hacía recomendable eliminar las diputaciones provinciales, que de hecho han constituido un oneroso y prescindible cuarto nivel en el sistema de organización del Estado. Felipe González ha efectuado una propuesta en tal sentido, que, según su ponderación, permitiría reducir un punto el déficit y no tener que recortar el gasto sanitario.

 

La crisis, que ha tenido al menos la virtud de forzar el realismo político como corolario de la imprescindible austeridad, ha puesto al fin sobre la mesa esta cuestión que no era urgente pero que al fin se ha vuelto perentoria: las diputaciones generan duplicaciones frecuentes, ocupan burocracias innecesarias y consumen recursos que podrían ser aplicados a mejores destinos. Aunque, claro está, su desaparición requeriría potenciar el escalón local, fomentando las mancomunidades de municipios e incluso agrupando los más pequeños en entes más autosuficientes. Grecia, también abocada a un ajuste duro, ya procedió a una ejemplar concentración municipal inspirada por el FMI que podría servir aquí de pauta: se ha pasado de 1.034 ayuntamientos a 355, con el fin de que no haya entes locales menores de 10.000 habitantes; además, las elecciones municipales se celebrarán cada cinco años y no cada cuatro para hacer coincidir la consulta con las elecciones europeas, lo que producirá un sensible ahorro.

 

Los grandes partidos no están todavía de acuerdo en qué hacer: el PSOE aceptaría la eliminación de las diputaciones, en tanto el PP prefiere conservarlas aunque mejorando su funcionamiento. Nada sólido se podrá llevar a cabo si no hay acuerdo pero no sería admisible que la discrepancia impidiera resolver una onerosa disfunción que hoy este país no puede permitirse.

 

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