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Si Tarancón levantara la cabeza

Días pasados, el periodista Enric Juliana recordaba en “La Vanguardia” la bronca que el cardenal Tarancón recibió del Karol Wojtyla, Juan Pablo II, en la primavera de 1982: el Papa reprochó al entonces todavía presidente de la conferencia episcopal su talante abierto y tolerante durante la Transición, que facilitó la reconciliación de los bandos enfrentados durante la guerra civil, así como su negativa a potenciar desde la curia la democracia cristiana española, que no fue oficializada por la Iglesia y que no llegó a despegar en las primeras elecciones generales de 1977 ni posteriormente.

 

Pues bien: don Vicente Enrique y Tarancón, que pasará a la historia como un actor insustituible de la génesis democrática de este país, fue un paréntesis en la iglesia española: tras él, el sector ortodoxo ha tomado el control de la institución y hoy Rouco representa los ancestros clericales opuestos a la modernización, a la liberalidad, al saludable laicismo que, como manda la recomendación evangélica, da al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

 

Si Tarancón levantara la cabeza, vería además al nuevo Papa, amigo que fue de Wojtyla y cabeza del Santo Oficio (antigua inquisición), haciendo proselitismo de la intransigencia, lanzando mensajes excluyentes y postulando la primacía del poder religioso sobre el poder civil.

 

 

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