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Viaje papal: balance positivo

La visita del Papa que concluyó ayer ha puesto a prueba las potencialidades de España como país. Y esta gran nación ha salido airosa del reto de organizar y mantener un encuentro confesional de más de un millón de personas de todo el mundo, presidido por quien dirige la Iglesia Católica, ante la simpatía de una fracción relevante de españoles y la hostilidad de otro sector igualmente significativo.

 

El Papa Benedicto XVI, al frente de sus prosélitos, ha dispuesto no sólo de la más absoluta e incondicional libertad para manifestarse sino también de la protocolaria cordialidad institucional de las autoridades democráticas. Y las capacidades de una nación moderna como la nuestra ha hecho posible que el largo evento dispusiera de las infraestructuras adecuadas, algunas espectaculares, y que discurriera con plena normalidad, pese a las inclemencias del tiempo tórrido de agosto.

 

Benedicto XVI ha tenido la elegancia de no entrar a opinar en cuestiones de política interna española. Y, por nuestra parte, los españoles hemos escenificado un constructivo y civilizado debate sobre el papel de la Iglesia en nuestra sociedad y la procedencia de los actos celebrados aquí. Debate que ha demostrado que estamos intelectualmente vivos, que disponemos de un potente bagaje crítico y que se ha desarrollado dentro de los cauces razonables de un régimen pluralista en el que funcionan  todos los procedimientos incruentos para la resolución pacífica de conflictos.

 

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