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Renegociación

Los buenos banqueros son expertos en renegociar deudas. Saben perfectamente que pueden presionar a sus deudores hasta cierto límite, pasado el cual perderán lo adeudado porque el cliente, exhausto, se habrá hundido en la quiebra y en la indigencia. La inteligencia del acreedor consiste en facilitar al prestatario el suficiente oxígeno para que éste logre rentas y beneficios que le permitan devolver lo adeudado. La intransigencia excesiva del prestamista es, pues, contraproducente, ya que tan sólo logra convertir el crédito otorgado en fallido.

 

En el terreno internacional, la racionalidad económica se basa en las mismas premisas. La pretensión de Bruselas –o, si se prefiere, del directorio francoalemán, que presume de intérprete de los mercados- de que los países del Eurogrupo endeudados en exceso lleguen a la convergencia a un plazo inaceptablemente corto puede desembocar en nuevos rescates y en el fracaso de los ya emprendidos. La pretensión de que España reduzca el déficit en 2012 desde el 6,8% actual (como mínimo) al 4,4% con la economía en recesión no sólo es una crueldad con la sociedad que habrá de experimentar nuevos sacrificios y más paro sino también una estupidez de parte de los acreedores, que se exponen a la bancarrota del deudor.

 

Cumple, en definitiva, renegociar la deuda. Para poder pagarla, es preciso aplazar los vencimientos, de forma que lleguen antes el equilibrio, la recuperación y la prosperidad.

 

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