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El cierre de Megaupload

Los Estados Unidos han lanzado un mensaje contundente al mundo con la decisión adoptada por un gran jurado de Virginia que ha desembocado en la clausura de Megaupload y en la detención de sus gestores, acusados, entre otros delitos, de lavado de capitales: la nueva y más rigurosa normativa sobre derechos de autor en la Red no se aprobará hasta después de las elecciones presidenciales de noviembre, pero ello no significa que vaya a mantenerse el actual estado de impunidad.

 

Ni una sola lágrima habría que derramar por el cierre merecidísimo de Megaupload, un colosal depósito de material cultural hurtado a sus creadores, sin un ápice de valor añadido, que ha proporcionado a sus propietarios una indecente fortuna difícil de cuantificar pero que se mide en cientos de millones de dólares.

 

Las industrias culturales tradicionales han tardado demasiado tiempo en entender que debían adaptarse a las nuevas tecnologías, a la digitalización y a la globalización, y es seguro que su reconversión no ha terminado. Pero no es posible admitir, en nombre de la modernidad y de la cultura, que unos oscuros intermediarios avispados se apoderen de los recursos que deberían llegar a manos de los verdaderos creadores, de quienes viven de su ingenio y de su creatividad.

 

En Internet, no se podrán poner puertas al campo, pero sí se podrá limpiar la Red de parásitos y de delincuentes. La civilización progresista consiste en establecer un estado de derecho, no en hacer una jungla de los ámbitos de creación y convivencia.

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