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Cataluña se aleja

La prensa catalana, de gran calidad por cierto, merecería sin duda más atención de la opinión pública española de fuera de la comunidiad autónoma porque dichos medios recogen con fidelidad notarial el  creciente distanciamiento entre los derroteros políticos, vitales e intelectuales del Principado y los del Estado español; un distanciamiento que el resto de la prensa española no muestra en toda su crudeza. Así por ejemplo, se ha celebrado recientemente el congreso ordinario de CDC, la formación nacionalista fundada por Pujol que ahora gobierna la Generalitat, y la re4unión institucional ha resultado ser una clara superación de las anteriores propensiones soberanistas hasta el más claro y rampante independentismo, todo lo ambiguo que se quiera pero lo suficientemente explícito para que el resto de España tome conciencia de la situación y del problema, y acuda a ver qué pasa, por qué se ha llegado a este extremo y qué habría que hacer para aplacar estas inclinaciones, que con toda evidencia son el fruto de una gran frustración. Una frustración fundamentada o no, que eso habría que debatirlo, pero plenamente real. De hecho, el nuevo secretario generfal de CDC, Oriol Pujol, hijo del expresidente, ha tenido desafortunadas y desabridas palabras contra España, reveladoras de una animosidad que dentro de poco podría no ser siquiera reversible.

 

Quienes presumen de ser los intérpretes más genuinos de Cataluña dicen estar dolidos porque el Estado ha arrasado su pretensión de conseguir un Estatuto de Autonomía superior que abriera portillos confederales a su vinculación con España, abriendo paso a una especie de soberanía compartida. Y tras la sentencia del Constitucional que cercenó aquellas aspiraciones, exige ahora el concierto económico, disfrazado de pacto fiscal. Es una reclamación difícilmente atendible, seguramente injusta, pero no debería ser ignorada, por respeto a una parte de España que tiene perfecto derecho a ser oída. A fin de cuentas, la política ha de servir para solucionar problemas y conflictos que parecían insolubles.

 

Lo inaceptable es que, por comodidad, las instituciones del Estado y los creadores de opinión de este país -periodistas incluidos- hagan como si no oyesen los lamentos, los gritos y las reivindicaciones. Porque si se le da la espalda a Cataluña por más tiempo, probablemente el disenso ya no tendrá remedio cuando se caiga en la cuenta de que existe un problema.

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