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¿Transparencia?

La ley de Transparencia podría ser una valiosa herramienta para incrementar la credibilidad de la clase política, la confianza de la ciudadanía en la gran ceremonia pública, hoy desacreditada por la pusilanimidad de sus protagonistas, la escasa calidad de sus designios intelectuales y la copiosa corrupción que ha estado presente en demasiados sitios durante los últimos años, a derecha e izquierda. Sin embargo, no puede pesar inadvertido que el anuncio de una futura ley, precedido de un período de consulta a la opinión pública, ha coincidido en el tiempo con una claudicación indecente del Gobierno: la amnistía fiscal que permitirá a los defraudadores blanquear sus capitales adquiridos ilegítimamente –cuando no delictivamente-, pagando por ello una cantidad simbólica, desde luego muy inferior a la que han tenido que abonar los contribuyentes que han cumplido escrupulosamente con sus obligaciones fiscales y que sostienen as´.

La paradoja no tiene solución. No es creíble el político que anuncia al mismo tiempo más claridad de actuación ante los ciudadanos y el encubrimiento consciente del fraude fiscal. Y que nadie diga que teníamos que optar entre esta claudicación y otros recortes porque el sofisma es demagógico: en democracia, nunca el fin justifica los medios. Y afirmar otra cosa es efectuar una dolosa concesión al populismo.

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