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Populismo de aquí y de allá

La presidenta argentina, Cristina Fernández, y su esposo difunto fueron intérpretes aprovechados del viejo peronismo, a su vez encarnación genuina del populismo, el fascismo blando que corroyó la Argentina y que fue el caldo de cultivo en que germinó la ominosa dictadura militar.

 Ahora, con ocasión de la expropiación de Repsol, se ha hecho hincapié en que ésta es una medida ‘populista’, adoptada de cara a la galería, que ha desatado la euforia de quienes, embriagados de nacionalismo, se han dejado arrastrar por la dádiva fácil de su gobierno. Y la profusión del concepto ‘populista’ ha llevado al constitucionalista Francesc de Carreras, catedrático de la universidad de Barcelona, a realizar una disección del concepto: “un régimen político es populista –ha escrito en La Vanguardia- cuando su más alta instancia de poder dice asumir y encarnar la auténtica voluntad del pueblo, pero tiende a prescindir de la división de poderes y a subestimar la representación política. Así, el populismo es una forma más o menos degenerada de democracia liberal que, según su grado de intensidad, puede acabar en su negación”.

 El político populista alardea, en fin, de conectar directamente con la ciudadanía, de interpretar sus deseos más vehementes y de plegarse a ellos… y prescinde de los cauces institucionales de representación política, elude al parlamento, se salta los controles jurisdiccionales y de toda índole que frenan su poder y establecen los juegos de contrapesos que equilibran la democracia y son garantía de todos frente a la arbitrariedad del poder. Frente al populismo se alza, cargado de racionalidad y de prestigio, el parlamentarismo: la democracia semidirecta, en que las decisiones son adoptadas por representantes del pueblo y no por las asambleas populares, es el gran antídoto contra la demagogia y el freno a las medidas encaminadas a halagar a la opinión pública, con independencia de dónde se ubique el interés general, que no siempre aparece con gran explicitud.

 El populista, en fin, se dejar arrastrar por las pasiones de la muchedumbres. El político democrático, en cambio, trata de llevar a la opinión pública al territorio de la racionalidad, criba las decisiones en el harnero de la profesionalidad y del sentido común, busca el debate y la controversia para establecer las direcciones de futuro con fundamento, duda metódicamente de sus propias certezas y está siempre dispuesto a reconocer que el adversario tiene razón.

 Evidentemente, no sólo en Argentina suceden estas cosas: también aquí asoma de tanto en cuanto la sombra amenazante del populismo, que debemos detectar y combatir a tiempo.

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