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Los olvidados

En momentos de crisis,  ceden todos los soportes que mantienen la cohesión social y aumenta la sensación de inseguridad colectiva. Sin embargo, en estos casos hay siempre víctimas especialmente damnificadas por la coyuntura, sujetos olvidados porque no tienen voz lo bastante potente para sobreponer su demanda a la necesidad general.

 

Así por ejemplo, los damnificados de Lorca se han lamentado amargamente estos días de su abandono: más de 7.000 personas cuyas casas resultaron dañadas no han podido todavía regresar a una vivienda en condiciones. Un año después de los terremotos sólo ha llegado una pequeña parte de las ayudas públicas y privadas que se prometieron, que era de ley otorgar a unos compatriotas víctimas de una gran catástrofe.

 

En otro orden de ideas, los medios ya se han hecho eco –el lamento será largo- de que la víctima principal de la crisis de Bankia será la obra social de las siete cajas de ahorros fusionadas en el Banco Financiero y de Ahorros, en vías de nacionalización. Las antiguas cajas , que desempeñaron en sus orígenes una meritoria tarea asistencial y filantrópica que hoy ya correspondía a otras instancias, se habían convertido en mecenas  y en activos agentes de excelencia intelectual y de dinamización cultural. Tanto es así que la hipotética clausura de tales iniciativas sería una tragedia para este país.

 

Estos dos infortunios no son comparables, no representan cantidades homogéneas pero sí guardan una cierta familiaridad: cuando llega la crisis, crece la insensibilidad y padecen tanto los sistemas de solidaridad –decaen las políticas sociales- cuanto las atenciones a la cultura. Ni aquéllos ni éstas son superfluos sino al contrario: su decadencia ahonda la crisis, nos degrada a todos y dificulta psicológicamente la recuperación.

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